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Milagros de San Antonio de Padua casos reales

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San Antonio de Padua, también conocido como Taumaturgo, relacionado a la “acción u obra de hacer milagros”. La mayor parte de su vida la dedicaba a rezar bajo el nombre de Dios; sus oraciones tenían tanta gracia que desprendían un poder divino capaz de cubrir el exterior e interior de su ser.

 

¿Para qué sirven estos milagros?

Cuando un individuo llega a comprender completamente el propósito de estos milagros, se transforma indirectamente en un punto valioso para los mismo; ya que vigilan las acciones que realizan los siervos del Señor, siendo catalogados como la intervención divina de Dios para corregir aquello males que sobrepasaron sus fuerzas, porque ninguno de los hijos del Señor terminará avergonzado o postrado ante sus peores vicios y temores.

Cuando se confía plenamente en el poder de Dios, no se debe añadir gran valor a las preocupaciones, sino, ser lo suficientemente paciente y esperar a que el poder divino del Señor quite del camino todos aquellos obstáculos que opacan a sus hijos. Por ende, es necesario que, en la vida, se encuentren más grandes de los que pueden escalar, pues, es la única forma de presenciar la manifestación del poder de Dios.

Milagros de San Antonio de Padua

A través de los años, la historia ha dejado rastros de los grandes milagros que ha realizado San Antonio de Padua; entre los cuales resaltan los siguientes:

La vez que la mula se postró:

Un día mientras San Antonio caminaba por Rímini, el santo se atrevió a convertir a un brujo; sin embargo, mientras estos discutían sobre la realidad de la presencia de Jesús en la Eucaristía, Bonfillo, el hereje que no creía en la palabra del siervo de Dios, desafía al santo de la siguiente manera: “En caso de que tú, Antonio, lograras probar con algún tipo de milagro que en la Comunión de los creyentes se encuentra velado el cuerpo de Cristo, tu Salvador; yo prometo dejar atrás cada herejía y practicas satánicas para predicar el resto de mi vida la fe de la iglesia católica.”

San Antonio, confiando en poder demostrar la presencia y capacidad de su Padre, acepta la propuesta de Bonfillo. Entonces este aportó: “Mi mula estará encerrada durante 72 horas, privándola de todo tipo de alimento. Después del tercer día la liberaré ante la presencia del pueblo, dejándole listo el más exquisito heno para que coma. Si este animal, aun hambriento, se digna a adorar a tu Dios rechazando la comida, yo me convertiré en un fiel creyente de la iglesia y predicaré su fe.”

Tal como pactaron, la mula fue encerrada y San Antonio rezó y ayunó los días que se acordaron. Luego del tercer día, se encontraron en la plaza, la cual estaba rodeada completamente de personas, curiosas por saber quién ganaba dicha apuesta.

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Mientras Antonio arreglaba el Cuerpo de Cristo, Bonfillo preparaba el heno. Entonces el santo alza la voz: “En nombre de mi Señor, te ordeno animal que te acerques con gratitud y presentes la debida veneración.”

De pronto la mula se levanta y camina en dirección a la Eucaristía, dejando atrás el heno, se postra, inclinándose y bajando la cabeza. De inmediato se oyeron gritos y alabanzas por parte de los fieles mientras que el brujo, rechazando su doctrina ante todo el pueblo, proclamó antes todos estos su nueva fe.

El envenenamiento:

Debido al odio que tenían los herejes hacía San Antonio, idearon un plan para envenenarlo, captando su atención con un almuerzo y el objetivo de discutir distintos puntos de vistas con respecto al catecismo; sin pensarlo, el santo acepta con la intención de hacer lo correcto, y guiar sus almas por el buen camino.

Cuando le sirvieron el plato con veneno, San Antonio sabía lo que estos habían planeado, así que los retó; “¿Qué es lo que estáis haciendo?”. Entonces estos contestaron; “Si tus palabras son ciertas, y Jesús tiene tanto poder como predicas, beberéis el veneno y no os afectará”.

Entonces el santo comenzó a orar y comer tranquilamente sin que sucediera nada. Los herejes, confusos y arrepentidos de sus acciones, pidieron perdón y se convirtieron a este.